México es, después de Brasil, el país con mayor número de católicos, considerándose en casi 100 millones de personas, o sea el 82.71% de la población total. No obstante, la nación vive una crisis de la religiosidad católica, producida principalmente por la disolución de la curia eclesiástica y por supuesto, por la propagación de otras creencias y corrientes fervorosas como la Protestante, la Pentecostal, la Cristiana, la Evangélica, los Testigos de Jehová, la Adventista del Séptimo Día, la Presbiterana, la Bautista, la Judaica, la Iglesia del Nazareno, la Espiritualista, la Metodista, la Budista, la Anabautista-Menonita, inclusive la Islámica. Esto sin dejar de considerar una gran variedad de sectas, muchas de ellas emanadas de las acciones del narcotráfico. 

 

Los censos de INEGI muestran que el porcentaje de católicos en México disminuyó de 98.2% en 1950, a 78.7% en 2016. Los feligreses registrados por  el INEGI pudieran ser menos si consideramos que una gran parte de quienes se consideran católicos no practican su religión.

El antropólogo Elio Masferrer Kan, con base en cifras aportadas por la iglesia sobre comuniones y confirmaciones, encontró que sólo el 41.37% de los mexicanos cumplen con esos sacramentos. Esto obedece a la lejanía de los jerarcas de la iglesia hacia sus fieles, según Masferrer.

La Iglesia Católica no ha sabido adaptarse a las nuevas y cambiantes problemáticas sociales, continúa con su política de franca misoginia al no permitir que sus mujeres escalen a puestos de mayor envergadura dentro de su organización. La iglesia está dividida y quienes tienen nuevas propuestas han sido relegados, rechazados y apartados por la jerarquía diocesana que no acepta ningún cambio, consideró el antropólogo.

Además, la Iglesia Católica inexorablemente seguirá perdiendo adeptos, en la medida de mostrarse tan insensible, tan imperturbable y tan indiferente en temas como las masacres de ballenas, delfines, tiburones y focas bebé, así como la indiscriminada cacería de elefantes, rinocerontes, osos, leones, tigres y otras especies “trofeos”, etc. Y por supuesto, ante los espectáculos colmados de atrocidad y de crueldad, como las aberrantes peleas de gallos, los sanguinarios enfrentamientos de perros y especialmente la perversidad y el sadismo de la tauromaquia, donde además, socarrona e irónicamente se veneran a una multiplicidad de vírgenes y santos patronos de las localidades. 

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