En México, el culto a la Santa Muerte es uno de los más extendidos, en especial, entre aquellos que viven al margen inferior de la sociedad. Es un producto del sincretismo entre las creencias precolombinas de Mictlantecuhtli, el Señor de los Muertos, con el castizo Santo de la Buena Muerte, creencia importada por los españoles que atribuía a un santo, por lo general San Silvestre, la potestad de permitir que sus adeptos pidieran tener una “buena muerte”, es decir, morir luego de haber recibido la extremaunción para asegurar el Paraíso. La también llamada “Niña Blanca” es la protectora de los niños de la calle, asaltantes, narcotraficantes y prostitutas.

La Santa Muerte se le puede encontrar lo mismo en medallas que veladoras o incluso en tatuajes de espalda completa de muchos de sus fieles, y su devoción asegura un tránsito al otro mundo rápido e indoloro. Es decir, una buena muerte, desde el punto de vista contemporáneo.

Sin embargo, a lo largo de toda América Latina existen distintas variaciones del culto a la muerte. Curiosamente, dos de las manifestaciones más conocidas le dan una naturaleza masculina a la entidad a diferencia de la Santa Muerte, que se considera más bien una virgen oscura. Dos de estos santos esqueléticos son San Pascualito y San La Muerte.

Es bien sabido que en México muchos de los delitos, violaciones, agresiones, fechorías, atentados, abusos, injusticias, estafas, fraudes, hurtos, malversaciones, desfalcos, alevosías, inclusive torturas y  asesinatos; se hacen en nombre o también bajo inspiración de la Santa Muerte y esto resulta totalmente contrario al espíritu de una sana coexistencia y convivencia social como marcan los más elementales códigos y estatutos de la ética.

Realmente es sorprendente el poder místico de las creencias, dogmas, credos, convicciones, ideologías, credibilidades, doctrinas, supersticiones, sectas y figuraciones no solo en México sino en el mundo entero. Esa adoración a seres imaginarios, invisibles, intocables, imperceptibles, incomprensibles, inconmensurables, inmateriales, incorpóreos e inescrutables.

Dejemos de inculcar a nuestros hijos creencias dogmáticas y hagamos que desarrollen un verdadero pensamiento crítico, en base a un estudio e investigación de artículos de filosofía, ciencia, tecnología y otras materias de contenido verdaderamente académico.

“Los hombres libres son quienes crean, no quienes copian. Son quienes piensan, no quienes obedecen. Enseñar es enseñar a dudar” –Eduardo Galeano-

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